LA CRÓNICA/RENÉ ARCE

La perseverancia de Andrés Manuel López Obrador podría rendir sus frutos en el 2018. Su tercera candidatura a la Presidencia de la República está muy cerca de obtener una victoria indiscutible. Todo se alinea a su favor: en primerísimo lugar, una sociedad harta de la desigualdad económica y social, la inseguridad pública, la impunidad y la desmedida corrupción de una buena parte de la clase política en los diferentes ámbitos del poder público. Asimismo, el presidente Enrique Peña Nieto se encuentra tan devaluado en la opinión pública como el peso mexicano frente al dólar. Uno de cada cuatro mexicanos descalifica al gobierno federal y la corrupción y el mal gobierno de personajes como los dos Duarte, Medina, Borge, Morerira, más los que se vayan acumulando sitúan al PRI en el riesgo de regresar al tercer lugar de las preferencias ciudadanas y obtener resultados, peores a los que obtuvo Madrazo en la elección presidencial del 2006.

Por otro lado, el Partido Acción Nacional que podría ser el más beneficiado de la crisis en este gobierno, se ha metido en una lucha intestina entre sus tres principales precandidatos presidenciables, lo que puede llevarlo a una grave fractura, que puede resultarle muy cara para sus objetivos de recuperar la Presidencia que perdieron cuando Felipe Calderón era el titular del Ejecutivo Federal.

Del PRD sólo podemos anotar que cada vez está más cerca de convertirse en una fuerza testimonial y podría terminar como comparsa del PRI si decide ir con candidato propio presidencial (Mancera u otro) para restarle votos tanto a López Obrador o evitar una coalición mayoritaria con el PAN.

Andrés Manuel López Obrador y el partido de su propiedad son a los que mayormente benefició el triunfo de Donald Trump, para una buena parte de los mexicanos su candidatura y posible triunfo sería la mejor opción para enfrentar a un presidente norteamericano que pone en riesgo nuestra soberanía y el respeto para los connacionales en aquel país. El discurso nacionalista de López Obrador con remembranzas a Juárez y Cárdenas, así como su discurso anticorrupción y de austeridad que pregona, es el atractivo que seguramente llevará a que muchos mexicanos voten por él en el 2018.

En el reciente Congreso de su Partido, López Obrador presentó un Proyecto Alternativo de Nación en donde refirió: “Adelanto que la propuesta se resume en gobernar con rectitud, desterrar la corrupción, abolir la impunidad, actuar con austeridad y destinar lo que se ahorre a financiar el desarrollo del país”, también ofreció mayores apoyos económicos a las personas de la tercera edad, becas y empleos para estudiantes y jóvenes, subir sueldos a policías, médicos y maestros, etc.; en fin, lo que muchos ciudadanos quieren oír para definir su preferencia. Pocos, muy pocos, racionalizarán su voto, para cuestionar con que proyecto económico López Obrador va a lograr tantos empleos y cuantiosos recursos para generar el estado de bienestar que está ofreciendo. El voto será antisistémico y se dará a quien mejor represente esta emoción social; López Obrador, sin duda alguna, es hoy por hoy quien mejor logra catalizar la mayoría de quienes aspiran a un cambio radical.

Las encuestas de preferencias electorales sitúan hoy a Margarita Zavala y a López Obrador como quienes disputan la mayoría; sin embargo, ya hemos vivido las experiencias en otros países y en el nuestro también, de que hay un voto oculto que finalmente se otorga a quien manifiesta las posiciones más radicales antisistema.

La pregunta que nos tendríamos que hacer todos es, ¿si el cambio que necesita nuestro país aún puede ser un cambio por mayor democracia, respeto al estado de derecho y crecimiento equitativo para todos los mexicanos? Donald Trump representa a una parte de la oligarquía supremacista, nacionalista, xenófoba de la derecha norteamericana. Nicolás Maduro heredero de Chávez representa el populismo nacionalista, estatista y corrupto de los “caudillos” latinoamericanos. ¿Podrá existir un mejor camino para México?