LA CRONICA

Aún no terminan los procesos de impugnación a las pasadas elecciones del 4 de junio y Andrés Manuel López Obrador ya decidió, a nombre de su partido Morena, que sólo irá en coalición con el Partido del Trabajo a las elecciones presidenciales del 2018. Con toda claridad declaró que no considera a los otros partidos dignos de aliarse con él, ya que sólo sirven a la “mafia del poder”. Paleros, vendidos, entregados a los intereses del PRI-gobierno, etc. son algunas de las descalificaciones que ha venido repitiendo durante los últimos años. Sólo el Partido del Trabajo se salva de ellas, ya que en las elecciones del Estado de México acató el ultimátum de declinar a favor de Delfina Gómez, candidata de AMLO a gobernadora de esa entidad; milagrosamente el PT con esa decisión se convirtió en un partido que está al lado “del pueblo bueno”, que no importa que hace apenas algunos meses haya salvado su registro gracias a que el PRD y el PRI intervinieron para que en un distrito federal de Aguascalientes, donde se repitieron las elecciones, obtuviera miles de votos que le permitieron alcanzar el porcentaje que la ley electoral exige para refrendar el registro y gozar de prerrogativas. El PT promueve en nuestro país lazos de amistad con regímenes dictatoriales como los de Corea del Norte y Venezuela, hay que reconocer que lo hace de manera abierta y no vergonzante como varios de los líderes de Morena e incluso del PRD. Los petistas se consideran de la izquierda marxista leninista y son cercanos, particularmente, a las tendencias maoístas. Pero en su pragmatismo, se han aliado en diversas circunstancias con el PRI, el PAN y el PRD según les convenga para tener cargos públicos o recursos económicos, en ello se aplica perfectamente lo que MARX dijera alguna vez “aquí están mis principios pero si no les gustan, aquí tengo otros”, me refiero por supuesto a Groucho Marx. Aun cuando su grado de aceptación entre la población no rebasa el 2 por ciento, para Andrés Manuel será de utilidad porque le permitirá generar la imagen engañosa de que construye una alianza de la verdadera izquierda, también podrá colocar candidatos en el PT que no tengan cabida en Morena, por saturación o sectarismo.

Al PRD le ha tocado jugar el papel vergonzoso, de un pretendiente facilón, ofrecido y rogón con complejos freudianos por un lado; por otro, el intentar no perder los privilegios que da el estar cerca de los escritorios del poder, haciendo acuerdos en lo oscurito para evitar que el PRI pierda elecciones, como lo hicieron en algunas entidades de la República en las elecciones del 2016 (Tlaxcala, Chihuahua, Durango y Puebla), y en este 2017, en el Estado de México y Coahuila.

Ahora que AMLO los mandó, metafóricamente, a su finca en Tabasco; al PRD sólo le quedan dos opciones: o realmente hace una intensa operación política para construir un Frente Amplio con el PAN y sectores de la sociedad para enfrentar la corrupción e impunidad, así como la incapacidad del PRI para lograr seguridad y desarrollo social, pero también lograr evitar que un proyecto autoritario y populista como el de AMLO y Morena representarían si llegaran al poder, o enmascarar su apoyo al PRI con un supuesto candidato de la sociedad, al cual se sumarían fragmentando el voto ciudadano, que sería el escenario ideal del PRI-gobierno para refrendar nuevamente la Presidencia de la República; es decir, repetir la película que ya vimos en el Estado de México, donde por cierto, López Obrador debió haber recordado al “engendrito” que junto con Marcelo Ebrard y el PT crearon en Iztapalapa, el famoso Juanito, sólo que ahora, al otro Juanito lo infló el gobierno del Estado de México y el gobierno federal con los mismos métodos: mucho dinero, publicidad y falta de principios.

A todo esto, ¿Mancera seguirá nadando de a muertito?, o finalmente, ¿asumirá lo que ya todos saben, que él maneja los hilos de las decisiones en el PRD?

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