RENÉ ARCE/CRÓNICA

Hugo Chávez intentó un golpe de estado en 1992, pero fracasó, estuvo en prisión y fue indultado. Una buena parte de la población venezolana lo observó con simpatía ante la enorme corrupción de gobiernos como el de Carlos Andrés Pérez y su partido Acción Democrática, semejantes a los del PRI, o el de Jaime Lusinchi y su partido COPEI, parecido al PAN, quienes alternaron el poder presidencial dilapidando multimillonarios ingresos petroleros, generando una economía petrolizada e ineficiente, parecido a lo que en los mismos años Echeverría y López Portillo habían propiciado en México. Esta política estalló cuando los precios internacionales del petróleo cayeron, gastándose todas las reservas y endeudando brutalmente a los países.

En 1998, Chávez decide participar como candidato a la Presidencia, logrando el apoyo mayoritario de su nación, prometiendo terminar con la corrupción y redistribuir la riqueza petrolera. La buena suerte le sonrió a Chávez porque los precios del petróleo volvieron a subir; su gobierno, en lugar de haber aprendido de las experiencias anteriores, se desbordó en un populismo donde se dedicó a generar misiones para ganar clientelas inmediatas, estatizó cientos de empresas y les triplicó el número de empleados, volviéndolas costosas e ineficientes; entregó a militares e incondicionales la conducción de Ministerios e Industrias, el único requisito fue la lealtad, aunque no existiera capacidad para administrarlas. Con el enorme ingreso petrolero promovió sus programas populistas y logró que lo reeligieran como Presidente de la República con una amplia mayoría en el Poder Legislativo, así pudo aprobar una nueva Constitución que le otorgó amplios poderes para decretar políticas públicas sin contrapesos ni rendición de cuentas (leyes habilitantes); fue así como en el año 2005 declaró que en Venezuela se instauraba un régimen al que denominó Socialismo del siglo XXI, para ganar el apoyo de otros países les subsidió grandes cantidades de petróleo, entablando una especial relación con el régimen cubano, del cual copió muchos de los métodos de control para suprimir libertades y conculcar derechos humanos.

A la par que controlaba la economía, profundizó el control sobre los otros Poderes y organismos de la sociedad, aumentando la represión hacia críticos y opositores, a quienes se les empezó a denominar lacayos del Imperialismo.

La maldición de excremento del diablo, como el venezolano ilustre Pérez Alfonso llamó al petróleo, alcanzó a Hugo Chávez y su Socialismo del siglo XXI, los precios el petróleo volvieron a caer estrepitosamente y su grandilocuencia empezó a apagarse, aflorando nuevamente la corrupción y pobreza que se había comprometido a acabar. Sólo el cáncer lo salvó en el año 2013 de ver su proyecto caerse a pedazos, pero antes de morir le hizo una última maldad a su país, heredarle a un orate sanguinario y mala copia de él la conducción de Venezuela.

Cuando Chávez llegó al poder, las familias en pobreza representaban el 44% de la población; cuando murió, este porcentaje ya era mayor al 50% y la inflación se multiplicaba día a día; por ello, en las siguientes elecciones la oposición logró una gran mayoría, dos terceras partes del Congreso, como respuesta, el nuevo dictador Nicolás Maduro promovió que el Congreso saliente nombrara una nueva Corte Suprema totalmente sumisa para poder así violar todas las reglas democráticas y desconocer al nuevo Congreso, evitando convocar a elecciones constitucionales para cualquier otro cargo. Su siguiente maniobra es imponer una nueva representación popular de Partido Único, siguiendo el ejemplo del régimen cubano.

Ésos son los populistas autoritarios que México debe evitar que lleguen al poder, aún estamos a tiempo de que en nuestro país el descontento por la corrupción e ineficiencia del actual gobierno nos conduzca a elegir un populismo autoritario, que nos provoque decir: “salimos de Guatemala para entrar a Guatepeor”.

(Mi próximo artículo volverá a aparecer en nuestro periódico en el próximo mes de agosto).

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