Primera de dos partes

Ahora seamos una vez más: existiremos,/ pongámonos en la cara la única sonrisa que flotó sobre el agua,/ recojamos el sombrero quemado y el apellido muerto,/ vistámonos de nuevo de hombre y de mujer desnudos:/ construyamos el muro, la puerta, la ciudad./ Comencemos de nuevo el amor y el acero:/ fundemos otra vez la patria temblorosa. (Cataclismo, fragmento, Pablo Neruda)

Transcurría la primera de tres partes del día 19 de septiembre de 1985, cuando un sismo estremeció las entrañas y la superficie de la Ciudad de México y varias regiones del país, miles de edificios y casas se vinieron abajo, aplastando y destruyendo a seres humanos que no alcanzaron a ponerse a resguardo de la furia de la naturaleza. La solidaridad ciudadana brotó como hongos en tiempos de lluvia, contrastando con la incapacidad de un régimen que hizo patente el paso de quienes están acostumbrados a mandar y a decidir en nombre del pueblo, que ante las catástrofes sólo alcanzaron a mostrar su falta de sentido humano e ineficiencia gubernamental.

A la organización espontánea, el rescate de los sobrevivientes y cuerpos de personas fallecidas, siguió la organización de los damnificados que exigían al gobierno programas para construir viviendas de carácter social a bajo costo. Fue así como surgieron organizaciones  populares como Asamblea de Barrios, Unión Popular Nueva Tenochtitlán, Coordinadora Única de Damnificados, Coordinadora Nacional del Movimiento Popular, Unión de Vecinos y Damnificados 19 de septiembre, etc. etc. Casi todas provenían de organizaciones de izquierda con origen maoísta, trotstkista, guevarista. Inteligentemente el régimen del PRI nombró a Manuel Camacho y Manuel Aguilera para que, como autoridades de la ciudad, negociaran con los dirigentes del naciente movimiento urbano la reconstrucción y construcción de miles de viviendas, dándoles una interlocución privilegiada, generando además, en algunos casos, gran proyección política y, en otros, la posibilidad de hacer negocios en ese proceso.

En la medida que la reconstrucción avanzó, los líderes se vieron abrumados en la elaboración de expedientes y proyectos, así como en la organización vecinal; la consigna de castigar a funcionarios públicos y empresarios de compañías constructoras por las deficiencias y la corrupción en las edificaciones que provocaron que muchos edificios cayeran, se fue perdiendo; al final, la impunidad ganó. Prácticamente ningún funcionario pisó la cárcel y menos aún, algún empresario del ramo de la construcción fue castigado.

Treinta y dos años después, en otro 19 de septiembre, un sismo azotó nuevamente a la CDMX. Casi 4 mil edificios fueron afectados; 321 han sido clasificados como inhabitables; cerca de 200 personas fallecieron, centenas más quedaron lastimadas y miles están hoy sin un lugar para vivir. Ahora, más de la mitad de esos treinta y dos años transcurridos entre un sismo y otro, la Ciudad de México ha sido gobernada por la izquierda: Cárdenas, López Obrador, Ebrard y Mancera (todos expriistas, menos el último) han sido herederos del gran descontento que provocó la ineficacia y corrupción de aquel gobierno priista.

¿Qué pasó en estos 17 años de gobiernos de izquierda que no pudieron prevenir y evitar esta desgracia?, ¿qué se hizo bien y qué se hizo mal?, ¿habrá nuevamente impunidad para los funcionarios públicos corruptos y empresarios de la construcción que se enriquecen a costa del riesgo de vidas humanas? Ahora la sociedad civil es otra, seguramente no descansará hasta que la verdad sea conocida. En la siguiente colaboración narraré algunas experiencias que me tocó vivir directamente como legislador y como funcionario público en las administraciones que la izquierda tuvo durante los últimos 17 años y que darán cuenta de cómo se privilegió la proyección unipersonal y los negocios, en lugar de la seguridad de los ciudadanos como la primera responsabilidad que debe tener un gobierno.

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