1ER TIEMPO: El caballo negro no deja de sangrar. Hace seis años, Marcelo Ebrard Casaubón, quien era jefe de Gobierno de lo que hoy es la Ciudad de México, abrió sus cartas para la sucesión. A quien quería era a Mario Delgado Carrillo, su secretario de Finanzas, pero por más esfuerzo que hacían por colocarlo en el imaginario colectivo de los electores, era imposible. Tenía un compromiso con Alejandra Barrales Magdaleno, quien como presidenta de la Asamblea Legislativa le había dado viabilidad a su gobierno. Antes, durante el primer trienio, los conflictos de poder en el PRD enfrentaron a las tribus y quienes lo detentaban en ese momento —que renacieron como protopeñistas— la corriente de René Arce y su hermano Víctor Hugo Círigo, que presidía la Asamblea, lo sabotearon y le impedían gobernar. Barrales, aunque lo salvó del naufragio, nunca terminó de ganarse su confianza. Frente a este dilema, Ebrard metió a la contienda a su procurador, Miguel Ángel Mancera Espinosa, que dejó en el camino a Alejandra Barrales y terminó ganando la elección con el voto de seis de cada 10 capitalinos. Mancera, quien no pertenecía a ningún partido, asumió la jefatura de gobierno y no dejó de presentarse como un ciudadano.

Vivió durante toda su administración, rodeado de un equipo que mayoritariamente tenía lealtades en otras trincheras.

No era raro que dijera que gobernaba solo, con menos de una mano de leales colaboradores. Aún así, jugó grandes apuestas, como luchar por una Constitución que transformara políticamente al Distrito Federal en una entidad llamada Ciudad de México de poder horizontal, y la llevó a ser la metrópoli más tolerante e incluyente con grupos que anteriormente eran discriminados. Decidió el diseño de una sociedad más equitativa y programas sociales encaminados en mejorar la calidad de vida de la gente, de mayor movilidad y transporte para las masas, recuperando espacios públicos para los peatones. El costo no sería bajo.

Mancera

2O. TIEMPO: Entre la mano dura y la confrontación. Una sociedad pequeñoburguesa como la que predomina en la Ciudad de México, hiperpolitizada que transpira la polémica cotidianamente, beligerante por naturaleza y contestataria por definición, pero sobre todo acostumbrada a los privilegios de los menos, pero más gritones y organizados, ha hecho a Miguel Ángel Mancera  constante blanco de sus críticas y ataques. Su gestión había sido de alto desgaste político, que escogió para sacar adelante sus programas ciudadanos. Desde 1997, la Ciudad de México ha sido gobernada por la izquierda, con gobernantes contestatarios de alta prominencia política. Pero Mancera, el menos experimentado de todos ellos, bajó los decibeles a la crítica pública del gobierno federal para lograr anualmente mayores presupuestos. El costo, en efecto, ha sido monumental en términos políticos, porque en la capital, donde se encuentra el sistema nervioso de la comunicación, todo se magnifica. Los hoyos en las calles son cráteres, las lluvias siempre generan diluvios universales, la violencia es obra de la incapacidad de la autoridad o el rebase de las organizaciones criminales más peligrosas del mundo. Lo increíble de la Ciudad de México, sostienen los más cínicos, es que camine, aunque sea lentamente, y no se haya colapsado. Cómo extrañan tantos la mano represora de Ernesto P. Uruchurtu, cuya memoria descansa sobre toda la obra pública que hizo, los mercados y los camellones llenos de flores, o vuela la nostalgia sobre Carlos Hank González, cuando las cosas se hacían por decreto y sin deliberación, que facilitó —y resultó un gran acierto para la movilidad durante una generación— abrir la ciudad para dar paso a los ejes viales. A Mancera lo acribillan porque no es como ellos, pero tampoco como Andrés Manuel López Obrador o Marcelo Ebrard, políticos de gran olfato que hicieron de la confrontación con el gobierno su atributo, o Cuauhtémoc Cárdenas, donde la marca nacionalista del apellido fortalece el mito y perdona lo que sea. Mancera no es el gladiador permanente, sino el que con un perfil de debilidad, ha ido avanzando. El sismo del 19 de septiembre le cambió el metabolismo y el futuro inmediato. No renunciará a mediados de octubre para buscar una candidatura presidencial, aunque paradójicamente, esa demora le podrá dar viabilidad a su apuesta.

3ER. TIEMPO: Mal lo ven aquí; bien afuera. Mal evaluado en la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera es reconocido en el resto del país. Tiene más respaldo en los municipios conurbados de la Zona Metropolitana o en otros estados, que en el corazón de la nación. Le reconocen afuera aquello por lo que lo acribillan dentro. Su protagonismo como la carta fuerte del Frente Ciudadano opositor para la sucesión presidencial le produjo ataques, directos o indirectos, de dos frentes antagónicos, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y el jefe de Morena, Andrés Manuel López Obrador, que quieren destruir la coalición electoral de la izquierda con el PAN 2018. Mancera, que los resistió, iba a pedir licencia como jefe de Gobierno tras el quinto informe de labores en la segunda quincena de octubre para ir por la candidatura presidencial de la coalición, y repetir la experiencia de hace seis años, cuando como ciudadano fue más poderoso que un cuadro de partido. No le iba a ser fácil porque, como admite, gastó mucho capital político por no reprimir a los maestros que convirtieron a la capital a principios de sexenio en un infierno de marchas interminables, y por haber limitado la circulación de automóviles para abrir espacios al transporte público y a la movilidad, que provocaron el repudio de quienes manejan. No se arrepiente. De principio a fin Mancera ha ido a contracorriente. No le va bien con la prensa política en la Ciudad de México, ni con una buena parte de los capitalinos, aunque el sismo del 19 de septiembre le ayudó. Mancera, quien pese a hacer mucho se veía poco, ha sido protagonista central desde las primeras horas del siniestro al frente de las tareas de emergencia y rescate, evitando que su gobierno sucumbiera. Previamente lo percibían ausente en la sociedad política, y con alcances limitados. Pero su actuar en el sismo recordó cuando como procurador en el gobierno de Marcelo Ebrard, negoció personalmente el rescate de unos rehenes en el robo a una joyería, que lo dejó muy bien ante la opinión pública y le dio viabilidad como candidato a jefe de Gobierno. La ola traumática del sismo aún no baja, pero al regresar las aguas a su nivel se apreciará si Mancera, como hace seis años, se convierte en un político formidable, y prueba, como entonces, que la prensa política en la capital, carecía de razón.